Call me Juan

NO ANGELS 3 - Eva

Sevilla, 4 de Enero de 1994.
La carretera secundaria que llevaba a Villa Elena estaba mal pavimentada y llena de baches, lo que provocaba que el Jeep de Manuel y Elena diera botes inesperados y que el incómodo silencio del interior del coche se tornara en un constante traqueteo. La pareja, que venia de Sevilla de una cita con el doctor, era natural de Sevilla, pero tras el golpe de suerte que fue el billete premiado de la lotería del niño que tocó a la familia unos años atrás, Manuel decidió comprar varias fincas a las afueras de Sevilla como inversión.
-Pues parece que todo va bien, ¿No, corazón? -dijo Manuel a su esposa mientras la miraba de reojo.
-Sí. -fue la escueta respuesta de Elena. El silencio se volvió a cernir sobre el interior del todoterreno. Manuel, que hacía todo lo que podía para recuperar a la mujer de la que se había enamorado tras la repentina pérdida de su hija menor hacía ya varios años, cada vez estaba más y más deprimido al comprobar que, al contrario de lo que había predicho el psiquiatra, Elena no se recuperaba, sino que iba a peor a pesar de los cuidados que le procuraban el propio Manuel y el hijo mayor de ambos, Francisco, un joven de 20 años, 1’90 y rubio como Elena pero con los rizos de su padre y que quizás (según el criterio de Elena) triunfaba demasiado entre las chicas de su edad.
El coche giraba una curva a la derecha cuando empezó a llover. Las gotas salpicaban el parabrisas mientras que a lo lejor se dibujaba la figura de una joven.
-¿Pero qué coño…? -farfulló Manuel entre dientes. El coche avanzó unos metros hasta frenar justo en frente de la chica, cuyos ojos iban de Elena a su esposo a una velocidad mareante. Ella era de una belleza sobrehumana, su pelo, de un pelirrojo oscuro odeaba a causa del viento, aunque pronto se le empezó a pegar al cuerpo (perfectamente esculpido) por la lluvia. Elena tenía los ojos como platos y a Manuel se le desencajó la mandíbula al comprobar que la joven iba desnuda.
-¿Qué hacemos, Elena? ¿Llamamos a la guardia civil?
-Manolo, se parece… Se parece a nuestra Eva. 
Entonces, él se fijó mejor en el rotro de lo chica desnuda y comprobó con asombro lo mucho que se parecía a la hija de ambos, con los ojos grandes y verdes y la nariz chata que encajaba con gracia en su rostro ovalado.
-Ni guardia civil ni leches. -dijo Elena con voz firme y decidida, y dicho esto se quitó el cinturón, cogió el abrigo del asiento trasero y salió del automóvil con paso decidido. 
-¿Qué haces aquí, sola, cielo? -preguntó la señora, cautelosa. La chica esbozó una tímida sonrisa ante el rostro bondadoso de Elena.
-Toma, preciosa, ponte esto que hace mucho frío y además está lloviendo. -dijo tendiéndole el abrigo. 
Mientras tanto, en el interior del coche Manuel se debatía entre llamar a la guardia civil o no. “Podría ser peligrosa… ¡Y mi mujer ahí, hablando con ella bajo la lluvia como si tal cosa! ¿qué cojones hago?
-Así me gusta cielo… ¡Ciérratelo y verás qué calentita vas a est…!
Pero entonces la sonrisa de la joven se desvaneció, y sus ojos, que hacía menos de un segundo miraban los de Elena, ahora se fijaban en el móvil último modelo de Smith Electronics que Manuel tenía en su mano y que había sacado de la guantera para llamar a la guardia civil.
-¡Manolo, te he dicho que no llames a la guardia civil, coño! -gritó a su marido. Se volvió hacia la joven y la cogió de la mano para guiarla al interior de Jeep. Elena rebosaba más vida de lo que lo había hecho los últimos 4 años.
-Tampoco te he dicho que sueltes ese trasto! ¡Aaaay, en que momento le harías caso a ese comercial para comprar una cosa tan inútil y que usamos tan poco! Pero mira, ahora que lo tienes en la mano, lo coges y llamas a casa. Dile a Francisco que prepare un baño caliente y comida. Llevamos una invitada.

LOVE HER!

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"Birth of Stars"
Illustration by gyllenmaya
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NO ANGELS 2 - Lucy

Nueva York, 4 de Enero de 2014.
Robert Smith lo tenía todo; mujeres, mansiones, coches, yates e incluso helicópteros y varios jets privados. Su fortuna era una de las más grandes de Norteamérica, y probablemente la mas grande de su ciudad, Nueva York. Moreno, de ojos verdes y 1’85 de estatura, el señor Smith (como todo el mundo lo llamaba a pesar de sus 35 años) era un mujeriego empedernido, lo que provocaba celos y envidia entre mujeres y hombres respectivamente de su ciudad y de todo el mundo, ya que absolutamente todo lo que Smith hacía se convertía en noticia. El hecho de ser tan mediático, lejos de asustarle o molestarle, le encantaba, ya que al ser hijo único era a lo que estaba acostumbrado. Sus padres, que murieron cuando él tenía 30 en un accidente de coche, le habían procurado la mejor de las educaciones en las mejores academias del Upper East Side y en las mejores universidades del país, y al morir ellos le dejaron en herencia una considerable cantidad de millones de dólares y la empresa (o mejor dicho imperio) que Robert Smith Senior había construido desde 0 y que producía desde cepillos de dientes eléctricos hasta smartphones pasando por vibradores o tostadoras. Aunque Smith Electronics era dirigida por un gran equipo directivo, Robert seguía siendo el presidente, lo que levantaba ampollas entre la junta directiva, pues consideraban al joven heredero no más que un vago que lo había tenido todo en bandeja durante toda su vida, y no sin razón. 
Era de noche, y Robert volvía de una gala benéfica que había durado casi toda la tarde hasta la noche. ‘Al menos había gintonics’ pensó mientras las verjas de su mansión a las afueras se abrían para dejar paso a su Bugatti negro. ‘Aunque mejor que los gintonics era la camarera francesa que los servía…’ Smith llegó a la fuente que hacía de glorieta situada frente a la entrada principal cuando notó algo que no encajaba. ‘¿Desde cuándo el agua de la fuente es caliente?’ Caviló al ver unas ondulaciones en la parte de la fuente más cercana al coche. ‘Quizá es un foco, que recalienta el agua… O quizá son los gintonics’ Se dijo medio riendo. Aunque esa leve risa duró poco, pues de las ondulaciones surgió un fogonazo, y del fogonazo la figura de una chica desnuda. Muy joven, de unos 18, era rubia y tenía el pelo muy largo que se le pegaba al rostro ovalado y al cuerpo, ya que uno de los pequeños chorros de la fuente le daba directamente en el pecho. El heredero del imperio Smith estaba sin palabras por primera vez en su vida, así que frenó su coche y salió de él rápidamente para comprobar si, efectivamente, la aparición de la chica era algo real o por el contrario era una alucinación o algo por el estilo.
-¿Lucy? -dijo Robert mientras se acercaba cauteloso a la fuente. 
-Ah, pues no, no eres Lucy Jefferson… Aunque te pareces, solo que más joven. A Lucy, digo. Fue mi primera novia, ¿sabes? 
La chica no dijo nada, pero miraba directamente al hombre sin siquiera pestañear.
-Eres igual que ella, vamos. Los ojos grises, la nariz chata y el pelo rubio y liso hasta la cintura. Aunque ella no allanaba propiedades ajenas desnuda, por muy espectacular que haya sido la entrada, la verdad. -dijo Smith riendo. La chica, por su parte, no se reía, sino que seguía mirándolo fijamente y sin pestañear, con la misma expresión serena con la que lo había visto frenar precipitadamente y salir del coche con cara de asombro.
-Oye, ya veo que no quieres hablar, pero por lo menos podrías salir de la fuente y pasar a casa a secarte, ¿no? Podría dejarte algo de ropa y darte algo de comer y beber. Yo desde luego necesito algo de beber. Y algo fuerte.
Y dicho esto se metió en la fuente, cogió a la joven por los hombros y la acompañó al interiór de la lujosa mansión.

NO ANGELS 1 - Nariko

Tokio, 4 de Enero de !984.
 El señor Koji volvía de una cena de empresa por una fría calle de Tokio. Era un hombre de 40 años que poseía una empresa de electrónica. Medía 1’82 de estatura y debía rondar los 80 kilos, y a pesar de ser exitoso y relativamente atractivo, nunca se casó, por lo que siempre estaba solo. Esa noche había apremiado a su chófer para que no lo esperara en la puerta del restaurante al terminar la cena, ya que quería saborear el éxito del trato que él sabía que firmarían sus tres máximos competidores en la industria y de paso para que se le pasara el efecto del sake, del que había abusado un poco como desde hacia tiempo venía siendo costumbre. Giró la esquina para tomar un callejón que le haría atajar hasta su lujoso apartamento en el centro cuando sucedió. Del aire surgieron ondulaciones, como las provocadas por el calor, solo que estas se iban moviendo más y más rápido hasta que con un fogonazo cesaron. Koji, que se había encogido con el inesperado sonido del fogonazo, se enderezó rápidamente al tiempo que su mandíbula casi le roza el suelo y su maletín resbalaba de su mano y se abría aparatosamente contra el suelo al comprobar que sus ojos no le engañaban. En el lugar de las ondulaciones había aparecido una joven de unos 18 ó 20 años. La chica iba desnuda, pero eso era lo de menos. Lo que no era normal era su belleza. Tenía proporciones perfectas, debía medir 1’70 y pesar 65 kilos y el largo pelo negro y liso hasta la cintura acariciaba su rostro de ojos azabache y rasgados que encajaban a la perfección con la nariz recta y los labios llenos. Koji, que había empezado a tartamudear a causa del frio, la borrachera y aunque no quisiera admitirlo también del miedo, dijo:
-¿Có-Cómo has hecho eso?
La chica parpadeó un par de veces y sonrió levemente, pero por lo demás siguió sin inmutarse.
-Yo me llamo Koji. ¿Y tú? -preguntó él sin obtener respuesta.
-Voy a llamarte Nariko, al menos hasta que recuperes el habla. Oye, ¿No tienes frío?
La joven parpadeó una vez más y esta vez sonrió abiertamente. Con eso fue suficiente. Koji se quitó la cara chaqueta y se la pasó a ella por sus cálidos hombros. Ese fue el momento en el que el señor Koji decidió que debía hacer todo lo posible por proteger a la bella joven sin ropa, nombre ni habla.

Espectros.

-…98, 99, 100.
-Ahora es mi turno, Zira.-Dijo la princesa a su gemela, mientras se daba la vuelta preparandose para que su hermana le cepillara el cabello negro que le caracterizaba.
-¿Crees que estará bien? -Preguntó Zira. -Sabes lo orgulloso que es… Nunca usa la gema, pero sin embargo esta vez sí lo ha hecho.
-Es orgulloso, sí, pero no estúpido. Si ha usado la gema es porque verdaderamente necesita ayuda.-Opinó Aarena. -Pero tranquila, no tienes por qué preocuparte. Tamyr y media guardia real han acudido en su ayuda.
-A padre no le hará ni pizca de gracia… 7, 8, 9…
-¿Acaso padre aprueba algo que Yunen haga? -Rio Aarena. -Además, él se lo ha buscado. Las ruinas de Ahl Quen… ¡Qué locura! Ni siquiera a Tamyr se le ocurriría entrar solo. ¿Sabes la de criaturas que la pueblan?
-¿Qué crees que habrá sido?- Preguntó Zira temiendo la respuesta, mientras la cuenta ya se alzaba a 15.
-¿Lobos?- Intentó tranquilizarla Aarena.
-No creo que unos simples lobos hayan podido con él. Tú también has oído las historias en los banquetes…
-¿Espectros? No sé. Supongo que tendremos que esperar a que Yunen nos cuente-. Dijo mientras desenredaba el cabello rubio de su hermana.

Hierba alta.

“Tengo que salir de aquí… Tengo que salir de aquí…” La mente de Yunen iba más rápido de lo que su cuerpo podía permitirse actuar. Malherido; “el gran príncipe” (como la gente del reino Even solía llamarlo) recorría los angostos pasadizos de las ruinas de Ahl Quen en una desesperada búsqueda de la salida. “Debí haber escuchado a padre… Las ruinas son un lugar peligroso, incluso para alguien con mi formación.” Se repetía una y otra vez en su cabeza, mientras apretaba con fuerza el improvisado vendaje contra su sién. La herida, aunque no muy profunda, sangraba abundantemente mientras el príncipe apretaba con la mano libre y ensangrentada la gema que le permitía ponerse en contacto con Tamyr, su mentor. -Yo ya voy en camino. ¡Corre, niño irresponsable! Le había espetado el mentor a través del artilugio. Tan solo la idea de que Tamyr estaba al tanto de su penosa situación producía nauseas al joven. Si él lo sabía, la guardia real lo sabía y por tanto su padre, el rey Thenon, lo sabía también. Tras doblar dos veces a la derecha y otra más a la izquierda, Yunen atisbó la luz del hueco por el que había entrado a las ruinas subterraneas, comprobando con alegría que las bestias que habían causado su herida y que le seguían en algun lugar entre las sombras, no eran lo suficientemente pequeñas como para poder seguirle a tavés del agujero. El joven se precipitó por el hueco, cegado por la luz y por el cansancio. Sin poder dar ni un paso más, se desplomó en la hierba alta y esperó a que llegaran en su ayuda.

finofilipino:

Brillante Condescendient Wonka Enviado por Enrique.

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